Tema: Segunda Guerra Mundial Detallada
Segunda Guerra Mundial
EL ORIGEN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Sin lugar a dudas, la Segunda Guerra Mundial ha sido el
conflicto armado más devastador de la historia de la humanidad. Las pérdidas en
vidas fueron tremendas. Se calcula que entre 55 y 60 millones de
personas murieron durante los seis años que duraron los
enfrentamientos armados que se extendieron por todo el mundo, desde Europa
hasta Asia y desde África hasta Oceanía. Sin embargo, para entender los
orígenes de la Segunda Guerra Mundial debemos retroceder a finales de la Primera
Guerra Mundial, también conocida como Gran Guerra, que culminó con la
firma del Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919 (a pesar de
que el armisticio había sido firmado meses antes, el 11 de noviembre de
1918, para poner fin a las hostilidades en el campo de batalla). Este hecho
sería, al menos en parte, el detonante de los acontecimientos que se
desarrollaron durante los años siguientes y que acabarían por llevar a
Adolf Hitler al poder y terminar desencadenando un nuevo conflicto que acarrearía
episodios tan terribles como el Holocausto.
La firma del tratado era un duro golpe de encajar para la
delegación alemana. Tanto los representantes del país vencido, así como
los periódicos y la población general, entendían que se trataba de un acto de
imposición más que de una negociación. Sin embargo lo que acabó por irritar más
a la sociedad alemana manipulada por la derecha fue la aceptación del artículo
231, el cual consideraron inaceptable y humillante. Este artículo era
introductorio a la parte VIII del tratado, sobre las indemnizaciones, y lo
introdujeron los negociadores estadounidenses. Sabían que los alemanes no
podrían pagar (como querían principalmente franceses e ingleses)
indemnizaciones que cubrieran todos los costes de la guerra. Así pues el
artículo 231 reconocía la responsabilidad moral de Alemania por la
guerra y su imputabilidad legal por los daños ocasionados. Pero por otra
parte, el artículo 232 reconocía implícitamente su incapacidad económica para
satisfacerlos. Pero desde la derecha alemana se utilizó este artículo como el
elemento central de la campaña contra el tratado.
Destacados oficiales del Ejército y sectores conservadores
de la sociedad alemana se mostraron reacios a firmar las condiciones impuestas
por los vencedores, aun a sabiendas de que la alternativa era la
reanudación de las hostilidades y la invasión del suelo alemán. Una humillación
todavía mayor. En esa tesitura, los partidarios de la firma adujeron que no
había otro remedio, y finalmente Alemania tuvo que renunciar a todas sus
colonias y acceder a la entrega de los territorios invadidos a países como
Francia, Dinamarca o Polonia.
EL PERIODO DE ENTREGUERRAS
Pero aquellas condiciones no fueron lo único a lo que
Alemania tuvo que enfrentarse tras la firma del Tratado de Versalles. Se
incluyeron asimismo una serie de cláusulas militares que obligaban a reducir
drásticamente el Ejército alemán y se puso fin al servicio militar obligatorio.
También se suprimió la aviación, la artillería pesada y los submarinos.
Además se pusieron ciertas condiciones económicas a
Alemania como perdedores de la Primera Guerra Mundial. El tratado no
establecía una cantidad a pagar, sino que se dejaba para una comisión que la
fijaría en 1921, pero sí se haría antes un pago de 20.000 millones de marcos
oro, que por otra parte incluía los alimentos que los Aliados tendrían que
suministrar a una Alemania famélica y el coste de la ocupación de Renania por
los aliados, todo lo cual sumaba unos 8.000 millones. Gran parte de este pago
se hizo en especia. Los vapores y barcos de pesca que entregaron los alemanes
en los dos años siguientes como parte del pago sumarían más de 2,6 millones de
toneladas, pero los británicos había perdido más de 8 en la guerra.
Posteriormente, la cantidad establecida por la Comisión de
Reparaciones fue de 132.000 millones de marcos de oro (unos 33.000 millones de
dólares). El sistema de pagos se dividió en bonos A y B, que sumaban unos
50.000 millones, y bonos C, que sumaban el resto (82.000 millones), a empezar a
pagar al cabo de 36 años. Los miembros de la Comisión sabían que probablemente
nunca se pagarían, como así fue. En cuanto a los 50.000 millones iniciales, en
la conferencia de Lausana de 1932 quedó claro que Alemania ya no haría más
pagos, ascendiendo el total efectuado hasta el momento a entre 20.000 y 21.000
millones. Por entenderlo en contexto, menos de lo que Francia había pagado como
indemnización por la guerra francoprusiana. Los pagos totales durante los 13
años de la República de Weimar supusieron una carga del 2,72% para la economía
alemana.
Así pues, en realidad, las indemnizaciones no frenaron
la reactivación, y la hiperinflación no tuvo que ver con ellas, sino con el
hecho de que Alemania había financiado tanto la guerra y la posguerra como la
resistencia a la ocupación del Ruhr por franceses y belgas entre 1923 y 1925
emitiendo papel moneda (en lugar de acudir a impuestos). De hecho, lo que
provocó el ascenso del nazismo (y del comunismo) en Alemania fueron las
consecuencias de la crisis de 1929, que llegó después que un período de
estabilidad política, económica y social.
En Alemania, en aquel contexto tan sumamente complicado, los
militares y la derecha conservadora empezaron a soliviantar a la población con
un claro mensaje: "Los demócratas nos han traicionado en
Versalles". Así, con el único fin de revertir el giro revolucionario
demandado por la clase trabajadora, llegaron a afirmar que las condiciones
impuestas al pueblo alemán no eran ni mucho menos las que tradicionalmente se
habían impuesto en Europa, menos duras y más respetuosas, a los perdedores de
una guerra. Fue entonces cuando empezó a surgir una lectura geopolítica y en
clave racial del desarrollo de los pueblos que y la necesidad de espacio
vital para expandirse. Conocido como Lebensraum (espacio vital) fue
una expresión acuñada por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, que estaba muy
influido por el biologismo y el naturalismo del siglo XIX. Así, el este de
Europa y el mundo eslavo se veían como el Lebensraum propio de una
Alemania a la que el tratado de Versalles había impuesto unos límites que
hacían inviable el desarrollo del pueblo alemán.
EL ASCENSO DE HITLER AL PODER
A finales de la década de 1920, los países del centro de
Europa empezaron a experimentar una gran inestabilidad política provocada por
la inestabilidad económica, especialmente devastadora para Alemania. Esta
inestabilidad acabó convirtiéndose en un terreno fértil para que movimientos
políticos de índole extremista y con ánimo de revancha lograrán un importante
eco entre la población. Entre todos aquellos grupos sobresalió el Partido
Nacional Socialista Obrero Alemán, dirigido por Adolf Hitler, que poco a poco
iba sumando simpatizantes y seguidores deseosos de revertir lo firmado en
Versalles y situar a Alemania en el sitio que consideraban que le correspondía.
A partir de entonces, los acontecimientos se sucedieron con
rapidez. Hitler fue nombrado canciller de Alemania el 30 de enero de
1933 por el presidente Paul von Hindenburg, el 27 de febrero tuvo lugar el
famoso incendio del Reichstag y al día siguiente Hindenburg firmó el
"Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del
Estado", por el cual las libertades individuales quedaban totalmente
suspendidas "hasta nuevo aviso". Se restringió la libertad de
expresión, de prensa, de asociación, de reunión y se estableció el secreto de
las comunicaciones.
Una vez en el poder, Hitler contravino lo pactado en el
Tratado de Versalles y ordenó de inmediato el rearme del país. De hecho, incrementó
el gasto armamentístico hasta los 18.000 millones de marcos entre 1934 y 1938.
Así, habiéndose asegurado la ayuda militar, Hitler empezó su política
expansionista con la anexión de Austria en marzo de 1938, el episodio conocido
como Anschluss, y durante el cual tuvieron lugar unas elecciones con el
propósito de legalizar la anexión. Pero el "espacio vital" de
Hitler no terminó allí. A Austria le siguieron los Sudetes, una zona fronteriza
de Checoslovaquia habitada por tres millones de alemanes, una idea con la
que Francia y el Reino Unido transigieron con los Acuerdos de Múnich, en
septiembre de 1938, pensando que así aplacarían a Hitler. Nada más lejos de la
realidad. Hitler en vez de amilanarse, decidió invadir Checoslovaquia en marzo
de 1939.
Una vez ocupada aquella región, Hitler exigió también
el corredor de Danzig, un territorio creado tras el Tratado de Versalles
que se extendía por la desembocadura del río Vistula, y que servía para que
Polonia tuviera acceso al mar Báltico. Cabe destacar que en ese momento Polonia
era un Estado que, tras desaparecer en el siglo XVIII había sido impulsada su
restauración por parte de Francia y el Reino Unido en los acuerdos de paz como
parte de la creación de un "cordón sanitario" de países de Europa
Central que contribuyeran a frenar la expansión de la Rusia revolucionaria.
Tras la negativa del gobierno polaco a ceder su soberanía, y
después de que Alemania y Rusia firmasen un pacto de no agresión el 23 de
agosto de 1939, Alemania invadiría Polonia una semana después.
LA INVASIÓN DE POLONIA, COMIENZA LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
"Esta noche, soldados regulares polacos han disparado
por primera vez contra nuestro territorio”. Con esta mentira, Adolf Hitler
intentaba justificar que al ejército alemán no le quedaba más remedio que
invadir Polonia el 1 de septiembre de 1939. En realidad, el plan para llevar a
cabo la invasión de Polonia se esbozó el 31 de agosto de 1939 en el marco de la
Operación Himmler, cuando media docena de miembros de las SS, fingiendo
ser unos agitadores, irrumpieron por la fuerza en una emisora de radio de
Gleiwitz, una región de la alta Silesia, realizando disparos al aire. Una
vez los tres empleados y el policía que se encontraban en el interior fueron
reducidos, los asaltantes lanzaron violentas proclamas en contra del führer y
del Tercer Reich. Fue entonces cuando conectaron el micrófono para que un intérprete
empezara a lanzar proclamas patrióticas y antialemanas en polaco: "¡Atención!
Esto es Gleiwitz. La emisora está en manos polacas".
Para hacer que la escena fuera aún más creíble, los
asaltantes llevaron hasta allí a un nacionalista polaco llamado Franz Honiok al
que las SS habían detenido el día anterior. Honiok era un agricultor de 43
años al que seleccionaron por haber participado en otras revueltas similares.
Lo arrastraron hasta la emisora completamente drogado y, nada más llegar, le
pegaron un tiro en la entrada de la emisora para que todo el mundo pudiera
verlo. Para que no hubiera ningún tipo de confusión, vistieron a Honiok
con un uniforme del ejército polaco que previamente habían robado y tras
permanecer tan solo 15 minutos en la emisora de radio, el comando huyó sin
darse cuenta de que solamente había podido emitirse una parte del falso
discurso a causa de un problema técnico. A pesar de que la parte de la emisión
que pudo escucharse no anunciaba la falsa invasión de Alemania, aquello fue suficiente
para que Adolf Hitler tuviera su tan deseado casus belli y así
justificar la invasión del país vecino. Antes de escapar de la emisora, el
comando de las SS subió el cadáver de Franz Honiok a la sala de retransmisión,
donde le tomaron unas fotos que posteriormente serían publicadas en toda la
prensa.
A pesar de las argucias del ejército alemán para encontrar
un motivo para la invasión de Polonia, está ya había sido anunciada días antes
por Adolf Hitler. Como explica Richard Lukas en su libro Out of the
Inferno: Poles Remember the Holocausten el Discurso de Obersalzberg pronunciado
el 22 de agosto de 1939, justo antes de la invasión de Polonia, Hitler dio
permiso explícito a sus comandantes para asesinar "sin piedad ni pena, a
todos los hombres, mujeres y niños de ascendencia o lengua polaca".
Finalmente, la mañana del 1 de septiembre de 1939, y con la justificación
de lo que había ocurrido el día anterior, el poderoso ejército alemán avanzó
hacia Polonia a través de distintos puntos fronterizos. Polonia tenía un
ejército fuerte y sus efectivos eran superiores en número a los invasores, pero
no había decretado la movilización general a petición de franceses y
británicos, que creía que eso podía ser la excusa para que Hitler atacara. Esta
incapacidad de defenderse fue todavía mayor cuando el 17 de septiembre la URSS
invadió Polonia, lo que hizo imposible toda resistencia, repartiéndose el país
entre la URSS y Alemania,
Hitler deseaba iniciar la guerra contra este país desde
hacía mucho tiempo, pero lo que no previó es que en cuestión de pocos días Gran
Bretaña y Francia se pondrían del lado polaco y le declararían la guerra. La
Segunda Guerra Mundial había empezado.
LA BLITZKRIEG, LA EXITOSA ESTRATEGIA DE HITLER
Durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial en el
continente europeo, Alemania buscaba por todos los medios evitar un
conflicto que se alargara en el tiempo. Su estrategia era derrotar por la vía
rápida a todos sus oponentes en una serie de campañas cortas. Gracias a aquella
táctica denominada Blitzkrieg, el ejército alemán invadió gran parte de
Europa y salió victorioso durante varios años. El término Blitzkrieg es
un vocablo alemán que literalmente se traduce como "guerra relámpago" y
se usa para referirse a una táctica militar que está basada en desarrollar una
campaña rápida y contundente. La táctica Blitzkrieg requería de una
gran concentración de armas ofensivas como tanques, aviones y artillería
pesada. La velocidad era el distintivo más característico de la Blitzkrieg.
Tras el bombardeo inicial de la aviación, los carros de combate atacaban el
objetivo rápidamente y de manera autónoma, lo que acababa causando una gran desorganización
en las líneas defensivas enemigas.
Como apunta Martin H. Folly en su Atlas de la Segunda Guerra
Mundial "El ejército polaco no era una fuerza insignificante, pero no
estaba preparado para el nuevo tipo de guerra que los alemanes practicaban.
Esta era la Blitzkrieg, la guerra relámpago». La punta de lanza era la
división Panzer, una concentración de vehículos blindados, con infantería
totalmente motorizada y un apoyo aéreo cercano proporcionado por la Luftwaffe y
materializado por los temibles bombarderos en picado, los stukas. Alemania
sólo disponía de tanques ligeros y el ejército no estaba totalmente preparado
para la guerra, pero la clave de la Blitzkrieg era la rapidez, que
arrollaría a las defensas enemigas antes de que éstas pudieran organizar sus
fuerzas, o antes de que se descubrieran los puntos débiles ocultos de las
fuerzas atacantes. El uso de la fuerza aérea contra objetivos civiles llenaría
las carreteras de refugiados y contribuiría a la desintegración de la moral, un
componente fundamental de toda Blitzkrieg eficaz. Los polacos eran
superiores en número, con 30 divisiones y diez en la reserva, pero sus equipos
y su doctrina estratégica estaban desfasados. Sus fuerzas estaban desplegadas
en sus fronteras. Desgraciadamente para los polacos, sus principales áreas
industriales se hallaban en Silesia, justo en sus fronteras, lo que les hacía
extremadamente vulnerables a la Blitzkrieg.
Alemania usó la Blitzkrieg durante la invasión de
Polonia el 1 de septiembre de 1939, así como en otros frentes como en Dinamarca
(abril de 1940), Noruega (abril de 1940), Bélgica (mayo de 1940), Holanda (mayo
de 1940), Luxemburgo (mayo de 1940), Francia (mayo de 1940), Yugoslavia (abril
de 1941) y Grecia (abril de 1941). El poderío aéreo alemán eran tan abrumador
que no permitía a los defensores ni reabastecerse, ni organizar sus efectivos,
ni tampoco enviar refuerzos que pudieran defender las brechas abiertas por
los carros de combate. Sin embargo, y a pesar de la evidente efectividad de
la Blitzkrieg, hubo algunos países a los que Alemania no pudo derrotar con
este sistema: Gran Bretaña, gracias a que las islas contaban con la inestimable
ayuda del canal de la Mancha y de la eficaz Marina Real Británica, y la Unión
Soviética, a pesar de que la Blitzkrieg había logrado empujar a los
efectivos soviéticos hasta las puertas de Moscú en 1941.
LA "GUERRA DE BROMA" Y LA HUIDA DE DUNKERQUE
Tras la invasión de Polonia, en septiembre de 1939, se
sucedieron ocho meses de la conocida como drôle de guerre (la guerra
de broma o guerra falsa), que acabaría con la invasión de Dinamarca y Noruega
en abril de 1940. En realidad, lo que desconocían los Aliados era que, tras
aquella supuesta calma, la idea de Hitler era avanzar hacia el oeste
para asestar el primer gran golpe de la contienda: la toma de París.
Envalentonado por la rápida caída de Polonia, Hitler pretendía hacer uso
de la Blitzkrieg para hacer lo propio con Francia, a pesar de la
mayor envergadura del rival y de la dificultad de tener que sortear la
histórica línea Maginot para entrar en París de manera triunfal.
Los alemanes atacaron Bélgica haciendo creer que desde allí
invadirían Francia, mientras que en realidad el ataque principal a Francia tuvo
lugar cruzando la zona boscosa de las Ardenas, entre Bélgica y el extremo norte
de la línea Maginot, cogiendo completamente por sorpresa a los franceses. Estas
tropas avanzaron hasta el canal de La Mancha, acorralando a franceses,
británicos y belgas contra el mar. Aunque Hitler contaba con sufrir un millón
de bajas entre sus efectivos, cuando el ejército nazi desfiló por los campos
elíseos de París se estimaba que las bajas entre sus filas habían sido de
27.000 hombres.
Pero a pesar del éxito obtenido, el gran triunfo del
ejército alemán debe buscarse en un lugar imprevisto por todos dado lo
inesperado de su trascendencia: las playas de Dunkerque, en el norte de
Francia, donde terminaron acorralados más de 338.000 soldados Aliados, que
vieron en el puerto galo la única vía de escape. Sería el general Gort, al
mando de la Fuerza Expedicionaria Británica (FEB), el responsable de organizar
la llamada Operación Dinamo, que consistía en la evacuación de las tropas
aliadas en territorio francés, y que se llevó a cabo entre el 26 de mayo y el 4
de junio de 1940.
En realidad, la operación no habría tenido éxito no habría
tenido lugar si el 24 de mayo Hitler no hubiera ordenado detener sus
divisiones blindadas. La decisión obedecía a la voluntad de poder utilizarlas
contra las fuerzas francesas que se hallaban más al sur si estas conseguían
reagruparse, y a la idea de Herman Göring, el jefe de las fuerzas aéreas
alemanas, la Luftwaffe, de que podía frustrar cualquier intento de evacuación
de los británicos. Ello permitió a los cercados preparar un perímetro
defensivo que consiguió una eficaz resistencia. El fuego de la artillería
alemana no logró detener la operación, y tampoco la actuación de los
bombarderos alemanes, que no contaron con un apoyo efectivo de sus cazas que
despegaban desde bases en Alemania frente a los Spitfire aliados llegados de
bases mucho más cercanas, como Kent. A ello se sumó un mar en calma, lo que
facilitó la evacuación.
La mayoría de efectivos aliados escaparon en barcos de la
Royal Navy, como el crucero ligero HMS Calcutta o alguno de los más
de 30 destructores desplegados en la zona, pero otros lo hicieron a bordo de
embarcaciones civiles, que acudieron en su ayuda viendo que la marina no daba
abasto para transportar a tantos hombres. El 4 de junio, el primer ministro
británico Winston Churchill se dirigió a la nación con un mensaje muy claro: las
guerras no se ganan con evacuaciones. El premier británico ofreció su
discurso más recordado con frases tan famosas como "we shall go on to the
end" (seguiremos hasta el final) o "we shall never surrender"
(nunca nos rendiremos). Lo conseguido en Dunkerque sirvió para que Gran
Bretaña se mantuviera en la lucha y, algo mucho más importante, sumase el
reconocimiento y la simpatía de la opinión pública y la prensa norteamericana.
INGLATERRA ENTRA EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
En el verano de 1940, la Alemania nazi se tenía en su poder,
en un tiempo de récord de Polonia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica,
Luxemburgo y Francia con la inestimable ayuda de la Italia de Mussolini,
que se acababa de sumar a las potencias del Eje con todos sus dominios en
el mar Mediterráneo y África. Ante esta nueva situación estratégica en Europa,
tras la gravísima derrota sufrida en las playas de Dunkerque y tras la ruptura
de las conversaciones de paz entre diplomáticos ingleses y alemanes en Suiza,
Inglaterra estaba a punto de enfrentarse a una nueva ofensiva por parte de
Alemania: la Operación León Marino, que tenía la intención de hacer un uso
masivo de la Fuerza Aérea Alemana, al mando del mariscal del aire Hermann
Göring, con el objetivo de destruir a la Real Fuerza Aérea británica (RAF) y de
esta manera lograr la superioridad aérea necesaria para invadir Gran Bretaña.
El 30 de junio, el comandante Alfred Jodl y el mariscal de
campo Wilhelm Keitel, haciendo gala de un optimismo desmedido, argumentaron que
la victoria sobre Inglaterra era cuestión de tiempo, aunque no todos pensaban
igual. Había otros, como Erich Raeder, comandante en jefe de la Marina alemana
hasta el año1943, que habían advertido de la insensatez de aquel plan por
carecer de embarcaciones capaces de acometer un desembarco de tal magnitud. A
favor de los alemanes, tres flotas fondeadas en Francia, Noruega y los Países
Bajos (La 5.ª Flota Aérea (Luftflotte 5) tenía el cuartel general en Oslo; la
Luftflotte 3, en parís, y la Luftflotte 2, en Bruselas) y 3.600 aviones contra
los apenas 870 aparatos con los que contaba la RAF.
Pero el principal obstáculo para llevar a buen puerto
la operación era el uso del radar por parte de los británicos y las
limitaciones de los cazas alemanes, menos maniobrables que los Spitfire y
Hurricane británicos. Durante el mes de julio, los BF109 bombardearon las
defensas costeras y a los convoyes británicos en el canal de la Mancha, sin
embargo la producción armamentista británica no cesó en ningún momento por
temor a una completa aniquilación.
La mayoría de historiadores coinciden en afirmar que en
aquellos momentos la actuación del primer ministro británico Winston Churchill
fue providencial para convertir el miedo de los británicos en esperanza. Su
trabajo incansable en ese sentido se vio recompensado en el hemiciclo de
Westminster donde era aplaudido por laboristas y conservadores. El premier
puso asimismo los cimientos para recibir ayuda de los Estados Unidos gracias a
su amistad con el presidente Roosevelt y su vigilancia en el océano Atlántico.
En realidad, podría decirse que Churchill, con su
carisma, se convirtió en un antídoto contra el derrotismo que empezaba a
hacer mella en la sociedad. Además, hizo gala de su astucia engañando a los
alemanes, durante el mes de agosto, con falsos hangares para de este modo lograr
evitar la destrucción masiva de los aeródromos británicos. El 20 de agosto, y
como agradecimiento al trabajo llevado a cabo por los pilotos de la RAF, Churchill pronunciaría
su legendaria frase "nunca tantos debieron tanto a tan pocos".
De hecho, algunos historiadores también consideran que el
mariscal Keitel fue un ingenuo al querer comparar Inglaterra con Polonia. Así,
el 25 de agosto, las tornas empezaron a cambiar cuando la RAF se vengó del
bombardeo alemán al East End londinense haciendo lo propio en el aeropuerto de
Tempelhof en Berlín y en la fábrica de Siemens. Los daños fueron mínimos, pero
suficientes para que Hitler se pusiera furioso y modificara todo lo planeado
hasta el momento. El 17 de septiembre se pospone León marino y a partir de
entonces, Hitler dio la orden de llevar a cabo los Blitz, unos bombardeos
aéreos indiscriminados y sostenidos por parte de la Luftwaffe que tuvieron
lugar desde septiembre a noviembre de 1940 contra Londres y otras ciudades
industriales como Coventry.
Aquellos tiempos fueron duros para los británicos, y de
hecho el cine se ha encargado de mitificar aquellos meses en los que es fácil
imaginar a los londinenses refugiándose en el metro. Churchill vislumbraba,
impotente, una capital en ruinas, pero conservaba la tranquilidad al saber que
sus radares se encontraban a salvo del fuego nazi. A mediados de
septiembre, justo cuando los alemanes tenían previsto asestar el golpe
definitivo y pisar suelo británico, la Royal Navy bombardeó los principales
puertos de invasión como Calais, Cherburgo o Boulougne, apoyada por la
RAF. Al parecer, las pérdidas en ambos bandos se exageraron por motivos
propagandísticos y al final la Batalla de Inglaterra acabaría en tablas. Poco
después, el 17 de septiembre, Hitler daría por finalizada la Operación León
Marino y dirigió su mirada hacia un nuevo objetivo: la Unión Soviética.
Cabe destacar además que tanto la Operación León Marino como
la operación Día del Águila y el Blitz forman parte de la conocida como Batalla
de Inglaterra.
LOS NAZIS INVADEN LA UNIÓN SOVIÉTICA, LA OPERACIÓN BARBARROJA
Durante la Navidad de 1940, Adolf Hitler llegó a la
conclusión de que para deshacerse definitivamente de la amenaza que
representaba Winston Churchill para los intereses de Alemania era necesario
llevar a cabo una gran demostración de fuerza. Para ello el dictador nazi
concibió la Directiva 21, conocida más tarde como Operación Barbarroja,
bautizada así en honor al emperador del Sacro Imperio, Federico I
Barbarroja. El objetivo de esta operación era atacar a la Unión Soviética,
acabar con el comunismo y desintegrar aquel país para lograr el tan
ansiado Lebensraum (espacio vital), expulsando a la población eslava
y ocupando el territorio soviético hasta los Urales, colonizándolo con alemanes
y convirtiendo a la población local en siervos a su servicio. A los países
vecinos, como Ucrania o la Confederación de Estados Bálticos, se les otorgaría
una independencia tutelada desde Berlín.
Y es que en la génesis de la Operación Barbarroja también se
escondía el profundo desprecio que Adolf Hitler sentía por los los eslavos, a
quienes la doctrina nazi consideraba Untermenschen,
"infrahombres". De este modo, a pesar del pacto de no agresión
germano-soviético, firmado durante el mes de agosto de 1939, Hitler y Stalin sabían
que esta "paz" no podía ser duradera y que su enfrentamiento era
inevitable. La Operación Barbarroja abrió, así, un segundo frente para la
Alemania nazi, que llevó a la guerra a unas cotas de barbarie nunca vistas
hasta entonces. Pero en realidad aquella operación no solamente representaría
el principio del fin para Adolf Hitler, sino que además sería el inicio en toda
Europa de la terrible persecución y asesinato sistemático de los judíos: el
Holocausto.
Hasta aquel momento la guerra iba viento en popa para los
nazis, y tras la abrumadora conquista de Francia, Hitler supuso, erróneamente,
que hacerse con la Rusia europea solo le llevaría unos tres o cuatro
meses. Para llegar a Moscú, Hitler planteó una ofensiva en tres frentes:
el frente norte atacaría por la costa báltica hacia Lituania y tomaría
Leningrado (la actual San Petersburgo); en el centro operaría un ejército que
se dirigiría primero a Minsk (la capital de la actual Bielorrusia), luego a
Moscú, la capital soviética; finalmente, otro en el sur atacaría Ucrania, donde
se encontraban las tierras más fértiles de la URSS; avanzaría luego hacia las
principales regiones industriales soviéticas, las cuencas de los ríos Don y
Donets, después ocuparía los campos petrolíferos del Cáucaso.
Una vez asegurada la zona, aquel mismo ejército sería el
encargado de tomar la base naval de Crimea y los campos petrolíferos del
Cáucaso. Pero visto en retrospectiva, los especialistas militares opinan que
dividir la ofensiva en tres frentes fue un error crucial. A su juicio, el
objetivo principal tendría que haber sido la propia Moscú por ser esta el
eje principal de comunicaciones además de un importante centro industrial. De
esa manera, Hitler habría logrado dividir a la Union Soviética en dos y hubiera
sido mucho más fácil conquistarla.
Asimismo, una muestra más de la excesiva confianza con que
los alemanes afrontaron la campaña es que solo un quinta parte de sus fuerzas
disponía de ropa de abrigo para hacer frente al crudo invierno ruso, y es que
en su mente Hitler albergaba el convencimiento de que para el mes de diciembre
ya habría una nueva frontera oriental del Reich marcada por el río Volga.
Pero con lo que no contaban ni Hitler ni su Estado Mayor era con no estar
ocupando Moscú antes de que la meteorología se volviera más adversa.
Las crecidas de los ríos tras las lluvias de primavera
habían convertido todo el territorio en un auténtico lodazal, lo que obligó a
retrasar la invasión hasta el tórrido verano. Finalmente, a los casi cuatro
millones de efectivos que luchaban del lado de la Alemania nazi, se unieron 3.400
tanques que se debían ver las caras frente a casi 11.000 tanques y tres
millones de soldados soviéticos.
Pero ¿por qué motivo emplearon los nazis tan pocos
blindados? Según los especialistas fue debido a la escasez de combustible,
que en aquellos momentos estaba bloqueado por los Aliados, algo que también
obligó a los alemanes a hacer uso de animales de tiro para el transporte.
La ofensiva del ejército alemán en territorio soviético
empezó el 22 de junio de 1941 con un intenso bombardeo de la artillería pesada
y de la Luftwaffe sobre las posiciones soviéticas. Su principal objetivo eran
los aeródromos, algo que les podía asegurar el espacio aéreo durante los
primeros meses de la invasión. Tras cuatro días de violentos combates, las
tropas del general Hoth entraron en Minsk, donde apresaron a 324.000 soldados y
capturaron 2.500 tanques. Los ejércitos del norte y del sur iban
progresando de manera similar, y el ejército del general Hoth, que avanzaba una
media de 32 kilómetros diarios, llegó a Smolensk (a 369 kilómetros de Moscú) el
18 de julio.
Pero a pesar del éxito momentáneo de la operación, el
dictador alemán ordenó priorizar la toma de Ucrania y de Leningrado. Así,
desoyendo los consejos de sus generales, el 19 de julio, Adolf Hitler
cursó la Directriz 33, por la que se ordenaba a los tanques del ejército
central reforzar los otros dos frentes: el general Hoth cambiaría de rumbo para
asegurar el cerco de Leningrado y el general Guderian haría lo propio parar
invadir Kiev, las regiones carboníferas ucranianas y tomar la península de
Crimea. Aquel cambio de estrategia facilitó que los soviéticos tuvieran tiempo
para reorganizarse y rehacer sus defensas, contra las que se acabaría
estrellando el ejército nazi. Por su parte, en la retaguardia, las SS
alemanas ejercían una dura y cruel represión sobre la población civil, mientras
los atentados perpetrados por grupos de partisanos organizados por la NKVD (la
policía secreta rusa) convirtieron las calles de las ciudades tomadas en lugares
muy peligrosos, lo que impedía a los alemanes consolidar sus conquistas y
ralentizaba también el transporte de suministros.
En realidad, con la puesta en marcha de la Directriz 33 los
alemanes habían perdido más de dos meses, cruciales para el desarrollo con
éxito de la Operación Barbarroja. Y los elementos parecieron también aliarse en
su contra. El 15 de octubre, el ejército alemán se encontraba a tan solo 105
kilómetros de Moscú, dispuestos al asalto de la capital en la que llamaron
Operación Tifón, cuando una fuerte tormenta, junto con la llegada de las
primeras nevadas, dejaron las carreteras impracticables. Los soviéticos
aprovecharon aquella circunstancia para reforzarse con efectivos procedentes de
Siberia, y con un número significativo de tanques y aviones al mando del
general Gueorgui Zhúkov.
A pesar de la llegada del frío, los alemanes no variaron su
actuación y siguieron con sus tácticas habituales, pero los soviéticos les
hicieron retroceder cuando estaban tan solo a ocho kilómetros de la
capital. Las bajas temperaturas terminaron por dar al traste con la
estrategia alemana en una de las campañas militares más sangrientas de la
Segunda Guerra Mundial.
PEARL HARBOR Y LA ENTRADA DE ESTADOS UNIDOS EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Mientras la Alemania nazi seguía con su imparable conquista
de Europa, Estados Unidos era oficialmente neutral ante los conflictos que
mantenían los japoneses en su expansión por China y ante la actitud de la
Alemania de Hitler en Europa. Sin embargo, en 1940, Estados Unidos empezó a
considerar amenazadora para sus intereses la expansión de Japón, y el Gobierno
estadounidense decidió proporcionar ayuda a los chinos y sancionar a los
japoneses. Así, tras la firma del pacto Antikomintern en noviembre de 1941
entre la Alemania nazi, Italia y Japón, Estados Unidos congeló los activos
japoneses y prohibió todas sus exportaciones al país del Sol naciente.
De este modo, a medida que Japón continuaba con su guerra
con China, el conflicto con Estados Unidos se hizo inevitable. Ante el peligro
que esto representaba, el alto mando japonés evaluó sus opciones, pero no tuvo
más remedio que reconocer la superioridad de la Armada estadounidense, que les
superaba en número, por lo que Japón carecía de los recursos necesarios para
hacer frente al coloso americano. Fue entonces cuando Japón pensó que
tenía un as en la manga: podía atacar a Estados Unidos utilizando el factor
sorpresa. Así, el almirante Yamamoto convenció al alto mando japonés de
que en lugar de declarar la guerra a Estados Unidos lo mejor sería causarles el
mayor daño posible atacando a su flota fondeada en el Pacífico.
El día escogido por los japoneses para realizar uno de los
ataques más famosos de la Segunda Guerra Mundial, y que al final resultaría
definitivo para el desarrollo de la contienda, fue el domingo 7 de
diciembre de 1941. Poco antes del amanecer, la Armada Imperial Japonesa
atacaba por sorpresa la base militar de Pearl Harbor, en Hawái, donde la Armada
de Estados Unidos tenía el cuartel general de la flota del Pacífico. Para
llevar a cabo el ataque, 353 aeronaves, entre cazas de combate, bombarderos y
torpederos, atacaron sin una previa declaración de guerra con la única
misión de borrar de la región a la flota estadounidense.
En pocos minutos, gran parte de la flota norteamericana
había sido gravemente dañada o completamente destruida. El ataque japonés
se produjo en dos oleadas, en la primera los bombardeos destruyeron a los
acorazados Oklahoma y Arizona, y dañaron seriamente al
resto de naves. El segundo objetivo de los japoneses era destruir los
aeródromos más cercanos. Pero aunque el ataque pilló por sorpresa a los
estadounidenses estos consiguieron defenderse con sus cañones antiaéreos, e
incluso lograron que algunos aviones despegaran y finalmente consiguieran
derribar 29 aeronaves japonesas.
Sin embargo, el ataque no fue tan efectivo como el ejército
nipón hubiera deseado y la suerte quiso que el grueso de la flota naval
estadounidense no se encontrara fondeada en el puerto en aquellos
momentos. Aunque no fue este el único error cometido por los japoneses,
que dejaron intactos varios enclaves estratégicos de la base de Pearl Harbor,
como la central eléctrica, el astillero, los depósitos de combustible y
torpedos, los muelles de submarinos, y los edificios del cuartel general y la
sección de inteligencia estadounidense.
Aunque el ataque fue un duro golpe para Estados Unidos, al
día siguiente los norteamericanos declararon la guerra a Japón con lo que la
gran potencia entró de lleno en el conflicto. Tres días después, el 11 de
diciembre de 1941, la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini,
las otras dos potencias del Eje, respondían a Estados Unidos con su
propia declaración de guerra. Sin pretenderlo, el Ejército Imperial
Japonés había despertado al gigante dormido. De hecho, el bombardeo de Pearl
Harbor enfureció a la opinión pública estadounidense y aquel acto acabaría
resultando decisivo en el desenlace de la mayor guerra de la historia de la
humanidad.
LA DECISIVA BATALLA DE STALINGRADO
Primavera de 1942. La Segunda Guerra Mundial continuaba en
el frente oriental, pero la escasez de recursos, el agotamiento de ambos bandos
y un invierno especialmente duro, al que seguiría el deshielo y el fenómeno
conocido por los rusos como raspútitsa (un fenómeno estacional que
convierte la tierra firme en un auténtico barrizal) hicieron que la guerra se
ralentizarse. No obstante, en el año 1942 Hitler se planteó dar el golpe
de gracia la Unión Soviética antes de que Estados Unidos pudiera movilizar
todos sus recursos económicos y militares para la guerra. Así pues, el 28
de junio Hitler puso en marcha la llamada Operación Azul, cuyo objetivo era
apoderarse de los pozos petrolíferos del Cáucaso, ya que la escasez de petróleo
podía detener la maquinaria bélica alemana. Pero en su camino se encontraba
Stalingrado. Hitler pensó que una vez conquistada esta ciudad se podría cortar
el suministro de recursos al Ejército Rojo.
La Operación Azul (Fall Blau en alemán), la ofensiva
estratégica de verano de 1942, se desarrollaba en dos direcciones: hacia el
sur, donde estaban los campos petrolíferos; y hacia el este, en dirección a
Stalingrado, siguiendo el río Don, para proteger el avance hacia el sur.
Así pues, el control de Stalingrado se había convertido en
un punto clave de la ofensiva nazi en el frente oriental, y el 23 de agosto de
1942 empezaron los combates para hacerse con una ciudad que poseía una potente
industria militar y era un importante nudo de comunicaciones ferroviarias. Un
mes antes, Stalin había dado la orden de iniciar los preparativos para hacer
frente a un más que posible ataque alemán no dejando salir a los civiles.
Preocupado por que los alemanes pudieran partir al país en dos, el 28 de
julio Stalin emitió la famosa orden 227, más tarde conocida como la
orden "¡Ni un paso atrás!", por la que cualquier militar o civil que
se rindiera sería fusilado al instante por traición.
En este contexto, las tropas del fürher llegaron a una
ciudad defendida contra viento y marea por los generales Emerenko y Chuikov. Así,
los alemanes no podían saber que ambos militares les tenían reservada una
sorpresa en forma de violenta lucha callejera en el escenario de una ciudad
completamente en ruinas y contra un enemigo que conocía perfectamente cada
rincón. Además, a pesar de las muchas bajas que había sufrido el Ejército Rojo,
cada noche llegaban refuerzos nuevos a orillas del Volga. Sin embargo, y
aunque el ejército alemán sufría el mismo número de bajas, parecía que
lograba hacer retroceder al ejército soviético, lo que provocó el anunció
de la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre por parte de Hitler.
o aquella alegría se revelaría prematura. Lo que Hitler no
sabía es que Stalin había dado orden de iniciar la Operación Urano, justo
en mitad de la batalla de Stalingrado y cuyo objetivo era embolsar al Sexto
ejército alemán, el Tercer y el Cuarto ejército rumano y partes del Cuarto
ejército Panzer. Aquellos movimientos estratégicos de los soviéticos, unidos al
error de cálculo de Hermann Göring, que aseguró que la Luftwaffe podría dar
soporte aéreo a las tropas, aisló al Sexto Ejército alemán. Con la orden de
Hitler de mantener sus posiciones, los alemanes vieron cómo el ejército rojo
los iba cercando poco a poco. Así, finalmente, sin otra opción que la
rendición, el 2 de febrero de 1943, el Mariscal Paulus desobedeció las órdenes
directas de Adolf Hitler y se rindió.
Tras perder la batalla de Stalingrado hay quien piensa que
el frente oriental empezó a desequilibrarse en favor de los soviéticos, sin
embargo no fue exactamente así. Stalingrado fue el primer gran triunfo
soviético pero no fue una batalla decisiva. Sí que lo fue, sin embargo, la
batalla de Kursk en julio de 1943, la mayor batalla de tanques de la historia,
que marcó un punto de inflexión en la guerra en el Este. Hasta entonces, los
alemanes había logrado mal que bien estabilizar el frente.
DÍA D: EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA
Durante la Conferencia de Teherán, celebrada en la
capital iraní a finales de 1943, a la que acudieron Stalin, Churchill y
Roosevelt, los soviéticos ya habían solicitado que se abriera un nuevo frente
occidental que aliviara la presión que estaban sufriendo sus tropas en el
sector oriental. Finalmente los Aliados decidieron organizar la invasión
de Europa a través de las playas de Normandía, la llamada Operación Overlord,
cuyo inicio estaba previsto el 6 de junio de 1944 y su nombre en clave
sería Día D. Aquel desembarco fue uno de los acontecimientos militares más
importantes de la Segunda Guerra Mundial, que marcaría un antes y un después en
el desarrollo de la contienda. La Operación Overlord empezó con una gigantesca
maniobra militar terrestre, aérea y naval (Operación Neptuno), que dejó miles
de muertos en tan solo unos pocos metros de playa entre las defensas alemanas
conocidas como Muralla Atlántica y las aguas del canal de la Mancha. El
desembarco de todos aquellos soldados estadounidenses, británicos y canadienses, muchos
de los cuales dejaron su vida en la arena, permitió a los Aliados abrir un
segundo frente en Europa que, sumado al avance soviético en el Este,
contribuiría a cambiar que cambiaría definitivamente el rumbo de la guerra.
Pero planificar la Operación Overlord fue una
tarea sumamente compleja. Todo debía estar perfectamente planificado y tenía
que ser llevada a cabo meticulosamente, como si de una operación quirúrgica se
tratara, con el objetivo de conquistar Normandía para posteriormente avanzar
hacia el centro de Europa. Adolf Hitler sabía que algo se estaba tramando,
pero estaba convencido de que la invasión aliada tendría lugar a través de
Calais y no en Normandía. Así, el despliegue del ejército aliado durante
la Operación Overlord se efectuó durante las primeras horas del 6 de junio
sobre una línea de 80 kilómetros de playa de este a oeste abarcando las
siguientes cinco playas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. En un mensaje
transmitido a las tropas antes de partir, el general Eisenhower les dijo: "¡La
marea ha cambiado! Los hombres libres del mundo marchan juntos hacia la
victoria.... No aceptaremos nada menos que la victoria total".
La noche previa a los desembarcos anfibios, alrededor de
23.000 paracaidistas aliados se lanzaron detrás de las líneas de defensa
alemanas, en paracaídas y planeadores, con la misión de evitar que los alemanes
pudiesen contraatacar durante la mañana del desembarco. La misión de este
grupo de paracaidistas era conseguir accesos seguros a las playas, destruir
puentes y establecer cabeceras de playa (líneas defensivas para dar tiempo
a la llegada refuerzos que permitieran avanzar a las tropas) a la espera de que
el grueso de los efectivos desembarcara.
Para llevar a cabo una operación de aquella envergadura, las
cadenas de fabricación aumentaron la producción de armamento, y durante la
primera mitad de 1944, alrededor de 9 millones de toneladas de suministros
y equipos cruzaron el Atlántico desde Estados Unidos hasta Gran Bretaña. Por
otra parte, se sumó al contingente una importante dotación de soldados
canadienses que se había estado entrenando en Gran Bretaña desde diciembre de
1939, y más de 1,4 millones de soldados estadounidenses llegaron a Europa entre
los años 1943 y 1944 para tomar parte en los desembarcos.
De este modo, el Día D se convirtió en la mayor
operación naval, aérea y terrestre coordinada de la historia, ya que el
desembarco en las playas de Normandia requirió de una cooperación total entre
las fuerzas armadas que participaron en el operativo. En 1944, más de 2
millones de soldados de más de 12 países se encontraban en Gran Bretaña a la
espera de recibir la orden de invasión. El día del desembarco, las fuerzas
aliadas que participaron fueron fundamentalmente tropas estadounidenses,
británicas y canadienses con el apoyo naval, aéreo y terrestre de tropas
australianas, belgas, checas, holandesas, francesas, griegas, neozelandesas,
noruegas y polacas.
A menudo, el Día D, debido a su espectacularidad, ha
eclipsado la importancia que tuvo en general la campaña de Normandía. Durante
los tres meses posteriores al desembarco, los Aliados lanzaron una serie de
ofensivas que les permitieron avanzar hacia las fronteras de Alemania. Aunque
no todas las operaciones tuvieron éxito. Las tropas aliadas tuvieron que
enfrentarse con una dura resistencia por parte de los alemanes y también con
el bocage, una peculiaridad del paisaje de Normandía que se caracteriza
por la presencia de senderos hundidos bordeados por setos altos y gruesos, algo
que los alemanes utilizaron para hacerse fuertes. Pero a pesar de todas
las dificultades, aquel sangriento 6 de junio y todos los días que le siguieron
acabarían en una victoria decisiva para los Aliados que contribuiría a la
liberación de una gran parte de Europa noroccidental.
Tras el Día D, las campañas en Italia llevadas a cabo por
los Aliados alejaron a las tropas alemanas de los frentes occidental y
oriental, al mismo tiempo que la Operación Bagration, una dura ofensiva
emprendida por los soviéticos en el centro de Europa, logró mantener
inmovilizadas a las fuerzas alemanas en el este. Finalmente, diez semanas
después del Día D, los Aliados lanzaron una segunda invasión en la costa sur de
Francia para avanzar hacia el corazón de Alemania. Con un frente tan
dividido, las fuerzas de Adolf Hitler no podían hacer nada más que resistir en
una guerra en la que la suma de graves errores de cálculo y el desgaste les
acabaría por pasar una terrible factura.
LA CAÍDA DE BERLÍN Y EL FINAL DEL NAZISMO
Primavera de 1945. La situación de Alemania en este momento
de la Segunda Guerra Mundial era un auténtico infierno. Invadido por las
fuerzas de la Unión Soviética desde el este y por los Aliados por el oeste, el
Tercer Reich no podía contar prácticamente para nada con la ayuda que le
pudieran ofrecer sus aliadas Italia y Hungría, que ya habían sido ocupadas, ni
por Japón, acorralado por los estadounidenses en el Pacífico. Este sería
uno de los últimos y más sangrientos capítulos de la Segunda Guerra Mundial, el
que a la postre conduciría al final del dictador nazi Adolf Hitler
Aunque el alto mando militar nazi había asegurado que Berlín
sería la tumba del Ejército Rojo, aquella predicción nunca se iba a cumplir. En
esos días, Hitler se encontraba oculto en su búnker y había perdido por
completo la noción de la realidad. El Tercer Reich que debía de durar mil
años carecía de los medios necesarios para defenderse y se desmoronaba a ojos
vistas. Para todos aquellos que habían estado en el frente (y que ahora se
hallaban heridos o mutilados), las detonaciones que se escuchaban en la
periferia de Berlín aquel 19 de abril de 1945 sonaban de manera muy distinta.
Aquel sonido lo producían los obuses de la artillería soviética; no se parecía
en nada al ruido de las bombas de la aviación aliada al que estaban
acostumbrados. Eso solo podía significar una cosa: Berlín ya estaba al
alcance de los cañones soviéticos y el fin se acercaba. En efecto, no iban
desencaminados.
A pesar de la superioridad del ejército atacante, las
órdenes de Hitler eran claras: había que resistir hasta el final. El
führer, refugiado en su búnker junto con otros jerarcas nazis, como Martin
Borman, Albert Speer o Joseph Goebbels, no quería ni oír hablar de rendición. Al
final, presa de los nervios, Hitler estaba dispuesto a sacrificar inútilmente a
toda la población de Berlín: rendirse y mostrar la bandera blanca era castigado
con la muerte, y quien desertaba o se escondía para evitar el combate era
colgado sin contemplaciones. Hubo un momento en que los rusos ofrecieron una
breve pausa en su avance, pero los alemanes no podían aprovechar aquella
circunstancia para preparar la defensa de la ciudad. Berlín tan solo
contaba con algunas unidades antiaéreas de las SS y la milicia popular (volkssturm),
y a pesar de ello se decidió no emprender ninguna obra de fortificación.
Hitler se mostraba intratable, sumido constantemente en
largas e infructuosas divagaciones. Pero su poder aún seguía intacto,
hasta el punto de que promulgó la llamada Orden Nerón, por la que se
establecía una política de tierra quemada frente el enemigo. En esencia se
trataba de destruir cualquier infraestructura (de transporte, industrial, de
comunicaciones, ...) que pudiera favorecer al enemigo, lo que suponía en la
práctica la destrucción de Alemania. La orden no llegó a aplicarse.
El führer alternaba estados de euforia con estallidos de ira
incontrolada contra todo y contra todos, en especial contra todos sus
generales, a los que tachaba de ineficaces y de traidores. Abrumado por la
situación, culpó a sus generales de no haber tomado las decisiones correctas en
lo que respectaba a la defensa de Berlín, por lo que otorgó un permiso por mala
salud al general Guderian, lo reemplazó como Jefe del Estado Mayor y nombró en
su lugar al general Hans Krebs.
El 20 de abril de 1945, justo el día en el que Hitler
cumplía 56 años, aviones B-17 estadounidense y Lancaster británicos
bombardearon el centro urbano de Berlín arrasando numerosos edificios, forzando
la evacuación de 2.000 berlineses y dejando la ciudad sin electricidad. Dos
días después, el 22 de abril, durante una reunión en el búnker de Hitler
alguien alabó la excelente labor del 12º Ejército comandado por el general
Walther Wenck que luchaba contra los norteamericanos en Magdeburgo. Al oír
la noticia, los temblores que aquejaban al führer parecieron desaparecer y en
uno de sus habituales cambios de humor pareció haber encontrado por fin la
solución: el general Wenck daría media vuelta y salvaría Berlín. Evidentemente,
Wenck no pudo conseguir aquel objetivo imposible: Berlín estaba cercada y
agonizaba.
Finalmente, el general Helmuth Weidling intentó establecer
una defensa operativa de la ciudad, pero solo podía contar con el apoyo de
algunas tropas en descomposición. Junto a miembros del volkssturm,
las Hitlerjugend y la policía, estos hombres construyeron barricadas
con tranvías y llenaron los muros que aún quedaban en pie de pintadas con
eslóganes que animaban a la resistencia y a la victoria final. Pero todo
resultó en vano.
Los proyectiles soviéticos empezaban a caer sobre el mismo
centro de Berlín. A pesar de ello, la capital resistió con la
determinación del que sabe que no tiene otra opción. Inútilmente. Uno a uno,
los barrios de Berlín fueron ocupados por los soviéticos, mientras la población
civil se refugiaba en los túneles del metro invadidos por el humo.
La tarde del 30 de abril de 1945, un disparo de revólver
procedente del dormitorio del führer rompió el impenetrable silencio del
búnker. Tras haber ingerido una cápsula de cianuro, Hitler se acababa de
pegar un tiro. Junto a él, Eva Braun, con quien se había casado el día
anterior, yacía sin vida en el sofá. Los oficiales trasladaron ambos cuerpos
hasta el jardín de la Cancillería, una operación complicada debido a los
continuos bombardeos soviéticos. Tras arrojar los cadáveres a una fosa
previamente excavada les prendieron fuego, y acto seguido, mientras los restos
del dictador nazi se consumían entre las llamas, en el exterior, Goebbels,
Bormann, Burgdorf y Krebs realizaron el último saludo nacionalsocialista en su
honor. De esta manera, Adolf Hitler, el fundador del Tercer Reich,
desaparecía para siempre.
El 2 de mayo, Berlín estaba a punto de caer, y muchos
seguidores del régimen, entre los que se contaban numerosos miembros de las SS,
prefirieron suicidarse antes que caer en manos de los soviéticos. El 7 de
mayo de 1945, Alemania se rendía incondicionalmente ante los Aliados
occidentales en Reims y el 9 de mayo hacía lo propio ante los soviéticos en
Berlín. En la capital, el caos en la capital era total, ya que tras la
victoria vino el pillaje. Los soldados rusos, procedentes en su mayor parte de
las estepas y de las montañas del Cáucaso, nunca habían visto una ciudad como
aquella y no conocían nada parecido al lujo berlinés. Robaron todo lo que
pudieron, y tras el saqueo empezaron las violaciones masivas (un tema del que
se habló poco durante la Guerra Fría). Aunque los medios rusos calificaron
estos hechos como "inventos" de Occidente, muchas de las pruebas proceden
del diario de un joven teniente judío originario de la región central de
Ucrania llamado Vladimir Gelfand.
En realidad, todavía hoy se desconoce el número exacto de
mujeres que fueron violadas tras la caída de Berlín. Algunos historiadores
hablan incluso de unas cien mil. En cualquier caso, muchas de ellas, jóvenes y
adultas, pero también niñas y ancianas, se suicidaron o murieron a causa de la
brutalidad del trato recibido. Las madres ocultaban a sus hijas para
protegerlas, y los hombres que intentaban evitarlo lo pagaban con sus vidas,
así como las mujeres que se resistían.
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL CONTINÚA EN JAPÓN
Mientras en Europa, con la caída y muerte de Adolf Hitler y
el régimen nazi, empezaba a vislumbrarse un final a la Segunda Guerra Mundial,
en el Pacífico Estados Unidos había liberado prácticamente todas las islas que
se encontraban en poder de los japoneses y los norteamericanos estaban
decididos a desembarcar en Japón. Así, tras las sonadas derrotas en Midway (junio
de 1942) y Guadalcanal (noviembre de 1942), la flota nipona fue destruida en la
batalla del golfo de Leyte (octubre de 1944), por lo que Japón ya no era rival
en el mar y su rendición se preveía inminente. Con todo, Japón estaba
dispuesto a negociar la paz con Estados Unidos mediante la cesión de
territorios, pero sin que ello supusiera alterar el carácter divino del
emperador, pero el objetivo final de los estadounidenses no era ese, sino
lograr la rendición incondicional y total del Ejército Imperial japonés.
De hecho, la guerra del Pacífico fue larga y cruenta. Uno
de sus enfrentamientos más simbólicos fue el que tuvo lugar en Iwo Jima, y
no solo por la fotografía de los soldados norteamericanos alzando la bandera de
su país, tomada por el fotógrafo Joe Rosental y que fue difundida como un icono
de la propaganda de los Aliados, sino también por su ferocidad y
violencia. Esta campaña, que tuvo lugar entre febrero y marzo de 1945, no
tuvo parangón hasta la fecha, pues los soldados japoneses, agazapados entre los
volcanes y las galerías subterráneas, masacraron a miles de soldados
norteamericanos que desembarcaron en las playas de arena negra durante su
avance por las escarpadas montañas. Por ese motivo la campaña recibiría el
macabro nombre de la "picadora de carne".
Otra fecha clave del conflicto que mantuvieron Estados
Unidos y Japón sería el 9 de marzo de 1945 en las islas Marianas. Se trataba de
la puesta en marcha de la Operación Meetenghouse, una misión que tenía como
objetivo borrar Tokio de la faz del a Tierra en menos de veinticuatro
horas. La primera oleada del ataque norteamericano la formaron 54 aviones
y la segunda, 271 bombarderos más. La operación estaba diseñada para que
empezara a las doce de la noche del 9 al 10 de marzo, ya que, según el alto
mando estadounidense, sorprender dormidos y desprevenidos a los habitantes de
la ciudad era la manera más fácil y segura de causar un gran número de
víctimas. Durante la mortífera descarga sobre la capital nipona, los
aviones lanzaron bombas de racimo que los estadounidenses rebautizaron como
"tarjetas de visita de Tokio". Una vez tocaban tierra, estos
artefactos derramaban su contenido letal de fósforo blanco y napalm, un
pegajoso gel de gasolina que los laboratorios de la Universidad de Harvard
habían desarrollado. La atmósfera en Tokio llegó a alcanzar los 980 grados,
haciendo hervir el agua de ríos y canales y fundiendo los cristales de las
ventanas. El fuego consumió con rapidez muchas casas que estaban construidas
con madera y papel, pensadas tan solo para resistir a los terremotos. Unos
260.000 hogares fueron arrasados hasta los cimientos y al menos 105.400
personas murieron en una ciudad de tres millones de habitantes. Se
fundieron, literalmente. En total quedó arrasada una cuarta parte de la ciudad.
Curtis LeMay, el general norteamericano que organizó la operación, se jactó del
éxito obtenido con estas palabras: "Los hemos tostado y horneado hasta la
muerte".
Antes de morir, en 2009, Robert S. McNamara, responsable
intelectual de la Operación Meetenghouse y que era secretario de Defensa en el
momento de los bombardeos, pidió disculpas por el ataque, aunque, sin dejar de
justificarlo declaró: "Para hacer el bien, a veces tienes que hacer
el mal". Por su parte, el general Curtis LeMay, comandante del
Comando de Bombarderos XXI y responsable material de los ataques, consideraba
que lo inmoral no era haber matado a unas 100.000 personas en una sola noche
lanzando bombas incendiarias, sino que lo realmente imprudente hubiera sido no
hacerlo y perder a miles de soldados norteamericanos en la batalla: "Creo
que si hubiéramos perdido yo sería tratado como un criminal de guerra",
declaró.
Mientras tenía lugar el bombardeo de Tokio, en el Pacífico
los Aliados seguían con su imparable avance hasta llegar a la isla de Okinawa,
la mayor de las islas Ryukyu (al sur de las cuatro grandes islas de
Japón). Los japoneses ya no podían ofrecer resistencia y decidieron lanzar
un desesperado ataque suicida contra la flota norteamericana, la llamada
Operación Ten-Gō. El acorazado japonés Yamato, el más grande del
mundo durante la Segunda Guerra Mundial, zarpó junto con otras nueve naves de
guerra desde Japón para realizar un ataque suicida contra las Fuerzas Aliadas
que estaban luchando en Okinawa. Pero las fuerzas japonesas fueron
interceptadas y destruidas casi por completo por la supremacía aérea
estadounidense. De hecho, el Yamato y otros cinco barcos japoneses fueron
hundidos. Aquella acción en la etapa culminante de la guerra confirmó la
decisión de las autoridades japonesas de llevar al extremo los ataques
kamikazes para intentar detener el imparable avance aliado hacia el
archipiélago japonés. Finalmente Okinawa cayó en manos estadounidenses y
fue declarada zona segura el 21 de junio de 1945.
LAS BOMBAS NUCLEARES DE HIROSHIMA Y NAGASAKI
El ataque por sorpresa a Pearl Harbor fue suficiente para
que, tan solo un día después, el 8 de diciembre de 1941, Estados Unidos, hasta
el momento nominalmente neutral, tomara partido de forma activa y definitiva en
el terrible conflicto que asolaba al mundo declarando la guerra a Japón. Durante
los siguientes cuatro años, los estadounidenses libraron una dura lucha contra
los japoneses, tanto en territorio chino como en aguas del Pacífico, donde
la conquista de cada una de las islas se convirtió en una guerra a pequeña
escala.
Si bien es cierto que el enfrentamiento entre ambos países
fue bastante equilibrado, la caída de la Alemania nazi pondría las cosas mucho
más difíciles al ejército japonés. Sin embargo, lo que acabaría por decantar la
balanza en favor de los Aliados sería el desarrollo y fabricación de una
terrorífica arma secreta, un proyecto que los estadounidenses bautizarían con
el nombre en clave de Proyecto Manhattan. Aquella arma definitiva fue
desarrollada por Estados Unidos con la ayuda del Reino Unido y de Canadá. El
proyecto, que agrupó a una gran cantidad de eminentes científicos como Robert
Oppenheimer, Niels Böhr o Enrico Fermi, tenía como objetivo desarrollar la
primera bomba atómica antes que pudieran hacerlo los nazis.
La investigación culminó con Trinity, nombre que se daría al
primer ensayo atómico realizado en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México,
el 16 de julio de 1945. Finalmente, la bomba no sería usada contra los
alemanes, sin embargo, aquella iba a ser el arma definitiva que
utilizarían los estadounidenses para acabar de una vez con la guerra.
La madrugada del 6 de agosto de 1945, entre las 1:12 y 1:15
horas, el bombardero B-29 Enola Gay, al mando del coronel Paul
Tibbets, despegaba del aeródromo de Tinian, en las islas Marianas, rumbo a
Hiroshima. A bordo iba un artefacto nuclear cargado de Uranio-235
bautizado como Little Boy, que en pocas horas debía hacer blanco en
el centro de aquella poblada ciudad japonesa. A las 7:09 horas de la mañana,
las alarmas antiaéreas de Hiroshima alertaron a la ciudadanía cuando el
Straight Flush, un B-29 al mando del comandante Claude Eatherley, efectuó un
vuelo de reconocimiento sobre la ciudad. Sorprendentemente no fue interceptado
ni por las baterías antiaéreas ni por los cazas japoneses, por lo que pudo
avisar al Enola Gay de que todo estaba despejado.
Aquel lunes 6 de agosto de 1945, en Hiroshima amaneció como
cualquier otro día hasta las 8:11 horas de la mañana, cuando sus
habitantes vieron aparecer por el horizonte tres bombarderos norteamericanos
B-29, entre los que se encontraba el Enola Gay con su mortífera carga. Minutos
después se abrieron las compuertas de carga del bombardero mientras los otros
dos aparatos dejaban caer unos calibradores de onda expansiva en paracaídas
(con la misión de comprobar posteriormente el efecto del arma). Little Boy empezó
a descender en caída libre sobre Hiroshima. Era el principio del fin para
todos quienes allí vivían.
Tres días después, el jueves 9 de agosto de 1945, el B-29
Bockscar pilotado por el mayor Charles Sweeney fue el encargado de transportar
una segunda bomba nuclear llamada Fat Man con la intención de
lanzarla sobre la ciudad de Kokura. En realidad, Nagasaki era un objetivo
secundario y solo estaba previsto dejar caer la mortal carga en la ciudad
en el caso de que el primer objetivo no pudiera cumplirse. El plan para la
misión fue prácticamente idéntico al de Hiroshima.
Cuando el avión llegó a Kokura, la ciudad estaba cubierta
por las nubes, y después de sobrevolarla tres veces con el combustible bajo
mínimos, el piloto decidió poner rumbo a Nagasaki. El indicador de
combustible señalaba que el bombardero no tendría suficiente carburante como
para llegar hasta Iwo Jima y se vería obligado a desviarse hacia Okinawa.
Sweeney decidió entonces que si Nagasaki presentaba las mismas condiciones
meteorológicas que Kokura regresarían con la bomba a Okinawa e intentarían
lanzarla al mar.
Pero en el último instante se abrió una brecha entre
las nubes que también cubrían el cielo de Nagasaki, lo que permitió al avión
estadounidense establecer contacto visual con el objetivo, por lo que al
final pudieron soltar la bomba a las 11:01 de la mañana. Cuarenta y tres segundos
después, Fat Man explotó a 469 metros de altura sobre la ciudad y a
casi 3 kilómetros de distancia del objetivo original. La detonación fue de 22
kilotones y generó una temperatura estimada de 3.900 grados y vientos de 1.005
kilómetros por hora.
La tragedia humana que se abatió sobre las ciudades de
Hiroshima y Nagasaki se saldó con la vida de unas 140.000 víctimas en Hiroshima
y unas 70.000 en Nagasaki, lo que incluye las víctimas directas del bombardeo y
las que fallecieron a consecuencia de la radiación hasta finales de 1945. La
noticia de la destrucción total de Nagasaki por una segunda bomba atómica fue
un durísimo varapalo para el Imperio Japonés, que ese mismo día, 9 de agosto de
1945, sufría la inesperada agresión de la Unión Soviética en Manchuria. Aquello
acabaría por precipitar los acontecimientos y el emperador Hiro-Hito
anunció la rendición incondicional de Japón ante los Aliados el 15 de agosto de
1945.
La capitulación se hizo efectiva el 2 de septiembre con la
firma de la paz a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de
Tokyo. La Segunda Guerra Mundial había terminado.
RENDICIÓN Y FINAL DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
No cabe duda de que la Segunda Guerra Mundial fue el
conflicto más destructivo y sangriento de la historia de la humanidad. Millones
de personas perdieron la vida, sobre todo en Europa y Asia, en el oscuro
período que abarcó los años 1939 a 1945. Todo ese baño de sangre tuvo su
culminación con la caída de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de
Hiroshima y Nagasaki, un acontecimiento que obligó al emperador Hiro-Hito
a anunciar la capitulación de Japón y a firmar la paz de manera definitiva con
los Aliados.
El año 1945 supondría un punto de inflexión. Ese año había
tenido lugar la caída de la Alemania nazi tras el suicidio de Adolf Hitler, la
destrucción del corazón del Tercer Reich y la firma del Armisticio de Reims el
8 de mayo de 1945. Aquel también fue el año de la muerte del dictador
fascista Benito Mussolini y la disolución de la Italia fascista
(República de Saló). Junto a la Alemania nazi y a la Italia fascista
cayeron otros regímenes afines como los de Hungría, Eslovaquia y Croacia, a
pesar de que esta última resistiría hasta mediados de junio, cuando fue
absorbida por Yugoslavia.
La Segunda Guerra Mundial también fue el escenario de
tremendas atrocidades. Durante el conflicto se produjeron ataques
indiscriminados sobre la población civil y la persecución sistemática de
diversos grupos por motivos políticos, de raza o religión. Con el final
del conflicto salieron a la luz los horrores perpetrados por la Alemania nazi
en los campos de concentración y de exterminio construidos a lo largo y
ancho de toda la Europa conquistada y la llamada "solución final de la
cuestión judía", que desembocaría en el Holocausto. Estremece escuchar
nombres como Auschwitz, Belzec, Bergen Belsen, Buchenwald, Dachau, y así
una larga lista de campos del horror que obligaron a los Aliados a poner en
marcha toda una maquinaria judicial para procesar a los autores y a los
cómplices del régimen nazi, acusados de delitos contra la paz, crímenes de
guerra y crímenes contra la humanidad. La ciudad escogida para celebrar estos
juicios fue Núremberg, la emblemática ciudad en la que el partido
nacionalsocialista (NSDAP) había celebrado en el pasado sus multitudinarios
congresos.
Conocidos como los Juicios de Núremberg, estos históricos
procesos, sentaron las bases para el desarrollo de una justicia internacional y
la creación de una nueva legislación que fuera más allá de la justicia propia
de cada país. Las sesiones de estos juicios, en los que fueron encausados desde
varios de los jerarcas nazis, como Göering, Hess o Ribbentrop, hasta
simples funcionarios del régimen, duraron poco menos de un año (que tuvieron
lugar desde el 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946) y se impusieron
una duras condenas en las que se incluía la pena de muerte para doce de los
acusados.
Pero Núremberg no fue el único tribunal que se formó para
juzgar los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. También se
estableció un tribunal para juzgar los crímenes perpetrados por los japoneses,
el conocido como Tribunal Militar Internacional para Extremo Oriente
(1946-1948), en el que se llevaron a cabo los Juicios o Procesos de
Tokio. Sin embargo, allí no se aplicó el mismo rasero que en Núremberg. Un
ejemplo de ello fue que el emperador Hiro-Hito no fue juzgado, sino que, por el
contrario, se mantuvo en el cargo, y muchas de las penas que se dictaron
terminaron siendo reducidas e incluso conmutadas. La situación política estaba
cambiando. Japón ya no era el enemigo a batir, sino que iba a convertirse
en un aliado imprescindible para hacer frente a la amenaza creciente del
comunismo.
La Segunda Guerra Mundial al completo, historia del
conflicto que cambió el mundo. (s.f.).
historia.nationalgeographic.com.es. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/segunda-guerra-mundial-completo-historia-conflicto-que-cambio-mundo_18193










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